森の神 (Mori no kami); por Nicolás P. Aréa
Es muy difícil saber a ciencia cierta qué creció de qué, o al menos eso nos contó el abuelo. Como si dos personas estuvieran conectadas entre sí por sendos cordones umbilicales. Pero se calcula que debe haber unas cincuenta dispersas por los bosques centenarios de Hokkaido. Una leyenda Ainu dice que durante la guerra, una bandada de cuervos vino volando desde el norte haciendo un ruido bestial con sus bombas. Esto despertó al dios del bosque quien, muy enfadado, estiró sus brazos hacia el cielo y los estrujó con el puño. Y allí quedaron. Luego el dios volvió a acostarse y tapó con su enorme espalda a todos los pueblos de la isla. En el refugio me contaron que dentro de los cuervos viajaban gaijin ricos, y que dentro debe haber toneladas de pan, lonjas de carne y bolsas llenas de arroz. Pero también dicen que el dios del bosque no ha olvidado el pecado de los cuervos y castiga a todos los que se acercan a las casas altas. Era la clase de historias que se contaban en las noches, al rededor de un fogoncito prendido sobre los restos de una carretilla vieja o una plancha de plástico. La gente del refugio siempre fue muy respetuosa del dios del bosque y de las luces. Lo que más me impresionaba cuando era chico eran las bolsas de arroz. El abuelo tenía un par de granos guardados en un frasquito de vidrio bajo el colchón, lejos de la pistola. Dos o tres granitos. Una reliquia familiar. Según él, el arroz era la comida de nuestros ancestros y que lo sacaban de largos charcos de agua en cantidades inmensas. Lo comían en tazones de cerámica con palitos. Era una imagen bonita para tener en mente antes de dormir. Me ayudaba a no pensar que la vida se movía arrastrada por un destino inevitable, o que se trataba de un cruel juego de títeres. La primera vez que vi la casa estaba juntando leña. Tuve que entrar un par de kilómetros bosque adentro porque me había quedado dormido y en las afueras no quedaba nada de nada. Me encontré con las primeras señales cuando se escapaba la última luz de la tarde. Era una barrita de madera con un vidrio puntiagudo endosado en el borde. Su brillo parecía un fino hilo plateado. Después una piedra plana, de unos cinco centímetros de alto, con dos líneas amarillas paralelas sobre la superficie. Más adelante me encontré con otras piedras extrañas, pero estas estaban paradas verticalmente y tenían adheridas planchas de madera, vidrio y plástico. Me recordaban un poco a las paredes de las chozas del refugio, pero más grandes. Esas eran las señales de las que siempre nos dijeron que debíamos alejarnos. Aquellas que había dejado el dios del bosque como advertencia cuando acostó sobre las casas de nuestros antepasados. Recuerdo que entonces era joven, pensaba que si el dios del bosque era tan grande como para aplastar un pueblo ya lo habríamos visto. Yo me lo figuraba más pequeño, jugando a las escondidas para no romper el misterio. No dejé de avanzar, la imagen de los granos de arroz me llevaba suavemente, como si me movieran hilos, hasta que me topé con la casa. No se parecía a nada de lo que me había imaginado. Estaba como a siete metros del piso. A decir verdad, entre la oscuridad y los nervios tampoco pude entender muy bien lo que estaba viendo. Era como una pelota oscura que ensanchaba el tronco un montón de metros. Solo más tarde, cuando llegué al refugio, casi sin leña, pude reconstruir en mi cabeza lo que había visto y llegué a una conclusión: El árbol crecía desde la casa. Aunque tampoco estaba del todo seguro. Lo que más me impresionó en ese momento fue que en el centro del círculo había un resplandor blanco pálido, como si el dios me mirara acusándome de un pecado innombrable. Eso fue lo que me hizo dejar de mirar la primera vez. Desde entonces comencé a sentir cierta fascinación por la casa. Una atracción de la que me era imposible escapar. Comencé a internarme en el bosque bastante seguido. Me levantaba bien de madrugada y salía a oscuras, intentando que ni mi hermano ni mi abuelo se den cuenta. Había marcado el camino con trozos de un harapo fluorescente que me habían regalado cuando cumplí los trece. Era un regalo costoso que yo apreciaba bastante. Pero el sacrificio valía la pena. Poco a poco dejé de creer en el dios del bosque, pero la casa seguía teniendo un "algo" especial. Pasaba horas observándola para recortar sus contornos. En esa época volví a dudar qué crecía de qué. Había paredes al rededor del árbol y ramas que salían de las paredes. Parecía una mezcla entre un pájaro, una barca de pesca y una choza del refugio. Era de madera como si continuara si saliera del mismo tronco, pero en ocasiones me pareció ver vidrio y hasta plástico. A veces me daba la sensación de que todo latía a su alrededor, incluso el suelo, las piedras, los árboles y hasta los pedacitos de tela fluorescente. Seguramente también lo hacían las bolsas de arroz que había dentro. Durante todos esos años no pude pensar en otra cosa. Comencé a pensar que esas bolsas de arroz eran una suerte de premio al que sólo yo, y nadie más, tenía derecho. Me tomó mucho tiempo juntar el valor suficiente como para atreverme a entrar. Esa vez salí en plena noche. Llevaba tiempo pensando en eso. Tenía miedo. Sentía que la vida y la muerte cobraban una relevancia infinita. Cada vez que pensaba en la casa, de golpe, absolutamente todo se volvía trascendente. Me llevé la pistola que mi abuelo escondía en una caja que enterraba en un huequito debajo de la alfombra. Me gustaría decir que estuvieron cerca de despertarse y detener la tragedia, la peste de los árboles, las hojas secas, la tierra yerma y el frío. Pero no fue así. Mi hermano estaba agotado después de un largo día arañando la tierra para arrancarle una raíz comestible, que en ese momento nos parecía poco, y mi abuelo había caminado todo el día para orar en el santuario de la linterna. Evidentemente a cada uno lo arrastra su propio cauce. Me interné en el bosque siguiendo los pedacitos de tela. Las piedras ya se me hacían cada vez más familiares, incluso podía distinguir piedras anaranjadas incrustadas en las otras rocas. El árbol era gigante. Me paré al pie sintiendo que en cualquier momento podía pisarme como una hormiguita. Fui trepando despacio, buscaba a tientas las ramas más seguras. Después de un par de metros cualquier caída parece el fin del mundo. Incluso hoy en día sigo sorprendido de haber encontrado una escotilla por donde entrar. Era como si todo el bosque estuviera cubierto por un manto de fatalidad. La luz que vi aquella vez llevaba ausente bastantes años y yo ya empezaba a pensar que me la había imaginado por el miedo que tenía. Me tiraban unos hilos plateados, me movían un brazo y después el otro. Entré en la casa. Estaba tenso. Al principio no pude ver nada. Supongo que estaba entrando por la proa de la barca. Un ruido constante y uniforme me molestaba. Unos golpecitos sobre madera que parecían no detenerse. Me quedé quieto y comencé a distinguir figuras extrañas. Había un hombrecito de plástico en el piso con una capa roja, una palita de acero toda oxidada, cables de colores y una especie de pantalla negra y aplanada. También había un cartel escrito en un katakana horrible con una palabra que llevaba en desuso muchísimas décadas: "Meshi". A medida que podía distinguir más cosas el árbol se volvía cada vez más extraño y nacía de nuevo esa sensación de que todo estaba latiendo. Entonces volví a preguntarme qué crecía de qué. El ruido no paraba. Respiré hondo y crucé una suerte de cortina hasta otra habitación. Entonces nos encontramos cara a cara y los hilos que movían mis manos se tensaron. Sentí el peligro y como nunca me arrepentí de no haber creído. Frente a mí había un chico de unos doce años con los ojos muy grandes. Tenía puesto un pantalón corto como toda vestimenta y se le veían marcadas ligeramente las costillas. Estaba sentado con las piernas cruzadas frente a una de las paredes. Estaba lanzando un cuadradito blanco con puntos negros hacia arriba una y otra vez. El objeto misterioso caía sobre las tablas mostrando cada una de sus caras. Tres puntos. Cinco puntos. Dos puntos. Seis puntos. Sentí que el cuadradito era tirado hacia el piso por el mismo hilo plateado que me hizo tocar la culata de la pistola con la punta de los dedos. No había ninguna duda. Estaba ante el dios del bosque. Al verme pareció sobresaltarse. Estiró la mano hacia atrás, sonó un clic y de su muñeca salió un poderoso destello de luz blanca. Traté de taparme los ojos, parpadeé como cincuenta veces. Apenas podía ver su cara. Miré hacia el costado y me encontré con un pequeño cuenco con dos palitos alargados encima. De golpe reconocí aquello que había escuchado tantas veces en historias junto al fuego. Podía sentir el latido de cada astilla de ese bosque, los hilos estaban tan tensos que podrían haber cortado las hojas de cerezo. Agarré fuerte el revólver y descargué cuatro tiros. Cuando mi vista se acostumbró a la luz pude ver tres agujeros en el pecho del pequeño. De ellos manaban chorros de una savia oscura y pastosa. Me miraba a los ojos consciente de los hilos tensos y rotos que comenzaban a desaparecer. Las cosas dejaban de latir y las primeras luces del alba asomaban por las ventanitas de la casa, agarrada por un puño. Me agaché, corrí los palitos del cuenco y metí los dedos. Los saqué todos y los conté sobre la palma de mi mano. Eran siete granitos de arroz.
