Editorial N°1: No se puede vivir del arte.

Editorial 08/21.

QUIMERA, del lat. chimaera y éste del griego χίμαιρα: chímaira.

1. f. En la mitología clásica, monstruo  imaginario que vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón.
2. f. Aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo.
3. f. Pendencia, riña o contienda.

Las primeras manifestaciones artísticas de la historia son las expresiones pictográficas, que datan de la Edad de Piedra (Paleolítico Superior, 40000 a.C.). Ellas revelan la intrincada realidad de los seres humanos antiguos en su intento de concretar rituales que favorezcan la caza, por lo que es común encontrar allí monigotes acechando gigantes animales prehistóricos; pero, además, el arte rupestre es la expresión más pura del prístino deseo de trascendencia, aunque inconsciente. En aquel lejano entonces —pretérito incluso a la concepción de un lenguaje formal, hablado o escrito—, dichos dibujos no tenían más designio que el de beneficiar sus creencias mágicas; en el presente, sin embargo, son y serán historia, son la principal muestra de que siempre hubo algo más que simples y cavernarias necesidades a satisfacer. Siempre existió el arte. Y quizás, en lo más profundo del ser, siempre estuvo la intención de derrotar al tiempo.
  Pero ese deseo impulsivo e impensado, complejizado a causa de la evolución del lenguaje, en algún momento de nuestra historia debió enfrentarse a las necesidades básicas de una vida en sociedad: dejó de ser una impoluta expresión de nuestra esencia para convertirse en un pasatiempo muchas veces tachado de insensato a causa de ciertas “responsabilidades urgentes” y, poco a poco, se popularizó una noción arraigada a fuego en nuestra memoria. No se puede vivir del arte. Cayo Cilnio Mecenas, allá por el 1585, estaba familiarizado con esta supuesta verdad y, en la búsqueda incansable de solventar una cultura viva y ya bastardeada, patrocinó económicamente a poetas como Horacio y Virgilio, entre muchísimos artistas. Así, el arte —ajeno a obligaciones— se convirtió en una (u otra) muestra de las maravillosas capacidades humanas.
  La modernidad trajo aparejada innumerables posibilidades de profesionalización en todos los ámbitos del conocimiento, otrora relegadas sólo a cierta clase pudiente: la democratización del conocimiento era incipiente. El perfeccionamiento en materias como el arte, en cada una de sus ramas, se popularizó; aun así, no se pudo olvidar el temido estigma de su ineficiencia frente a una civilización cada vez más tecnologizada y obsesionada con la evolución y el pragmatismo, que aboga por los supuestos hombres y mujeres del futuro. La paradoja se hace presente. El mañana necesita arquitectos del progreso, no reflejos de la condición humana. No se puede vivir del arte, gritan desde las alturas, pues sólo deberá ser un hobby para que la maquinaria pueda seguir engullendo la útil competencia requerida.
  Sin caer en determinismos, quizás sí se puede vivir del arte. No es necesaria una postura catastrófica, pero son pocos quienes tienen el privilegio innato de destacar en un mar de poetas, músicos, dibujantes, fotógrafos, etcétera, etcétera, etcétera. Son pocos quienes alcanzan el mecenazgo soñado, despojado de severas exigencias deshumanizantes. Porque el arte por deber, sin creatividad y con imposiciones, es la tan temida Quimera en todas sus acepciones: 1) una magnánima lucha por unir correctamente cada miembro de la bestia en la ardua empresa de concebir el éter de nuestra especie, siguiendo rigurosas e inevitables instrucciones; 2) la ilusoria búsqueda de expresar lo latente, eso que quema dentro, en nuestro genio, a sabiendas de las inherentes limitaciones; y 3) la contienda por reafirmar capacidades extraordinarias frente a aparentes adversarios que transitan una peripecia análoga, patrocinada por mecenas famélicos de prestigio y consumidores indoctamente quisquillosos. El arte es una Quimera capaz de despedazarnos, destruirnos y arrojarnos al vacío, al olvido... O acercarnos a la gloriosa eternidad.
  El miedo inyectado en los creadores impide el desarrollo de sus facultades y los estudios profesionales de sus respectivas disciplinas otra vez están relegados sólo a ciertas clases pudientes. El arte, sinónimo de hambre, se transforma en una utopía cuando se pretende como perfección inalcanzable, como anhelos imposibles; contrariamente, debe ser realidad sin tapujos, espejo de nuestra esencia. «Si no te sale ardiendo de dentro, a pesar de todo, no lo hagas. —nos decía Bukowski— [...] no te consumas en tu amor propio. Las bibliotecas del mundo bostezan hasta dormirse con esa gente. No seas uno de ellos. No lo hagas». Por eso, es valiente quien no teme mostrar sus capacidades, lo que clama su éter, aunque sea en Instagram o Facebook; es valiente quien se aferra solidariamente a ese algo más primigenio, porque para crear es imperante creer y luchar por nuestro escenario de fronteras eternas, alimentar el encanto que abrasa bajo nuestra piel. El arte no es perfección, es hambrienta humanidad, y sólo se puede vivir de él si se está dispuesto a alimentarlo incansablemente hasta el fin de los tiempos. Confinados en esta alienante maquinaria perniciosa para almas sensibles, es necesario transitar un camino empedrado por la ignominia que padece nuestra pasión; en la odisea que conlleva alcanzarlo, el individualismo obligado puede convertirse en ambición narcisista y vanidosa que debilita y corrompe. No seas uno de ellos, no lo hagas. Pocos tienen el privilegio de sobrevivir gracias al arte, pero mostrarlo al mundo es el primer paso para generar una fraternal red de autores ajena a confrontaciones, un espacio donde amar y no temer, donde respirar y no dudar. «Maradonas que mató la policía, que están en cana o laburando en una fábrica y que derrochan su magia pero en canchita de barro», dice Camilo Blajakis en Villas. Hoy, Mercurys y Garcías que cantan en las calles, Nerudas y Picassos encarcelados en cuadernos ajados y olvidados, McCurrys de las redes sociales: el ágora de nuestros tiempos. ¿Cuántas voces se ahogan en la vorágine de la cotidianeidad?
  Es imprescindible recordar que el arte como actividad subsidiaria a responsabilidades urgentes no pierde su valor, al contrario: es un mérito atreverse a crear desde la matriz impuesta. Y aunque el cansancio y su deterioro vence, aunque las preocupaciones sobre cómo llegar a fin de mes destruyen, aunque la desazón enferma y el silencio agobia, es valiente seguir atreviéndose a componer en la petrificante bruma del día a día. Por ello, es deber engendrar un espacio donde se aliente a la creatividad, donde se generen modos de subsistencia que faciliten las cargas habituales. Vivir del arte, sobrevivir de sacrificios. Esa es la verdadera utopía, la lucha correcta y la primordial obligación por desmitificar una falacia inoculada en el inconsciente colectivo. Hemos de vencer el axioma diseminando solidaridad. El egoísmo gobierna cuando ignoramos que no somos más que náufragos atrapados en el mismo alarido, aullando en diferentes direcciones. Pero si gritamos todas y todos juntos…


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