La Virgen de la Merced; por Delfina Pellicer
I.
Cuando aquel mensaje le llegó, Nina tuvo que contener el aliento para no gritar. En el audio adjunto a la foto, Feli se ocupó de hacerlo por ella:
— ¿¡Esta es tu señora!?—
Hizo zoom en la foto para confirmar lo que ya sabía. La mirada filosa que aterrorizaba hasta los muertos, el largo cabello negro, el gesto de infinito desagrado. Nina no podía dejar de mirarla. Aún en esa lejana infancia, podía encontrar la energía arrolladora que tanto la maravillaba en el presente. Definitivamente era Irene.
Cuando pudo desencantarse de aquella visión, prestó atención a las otras figuras, un poco más altas, que aparecían en el fondo. Cuando reconoció a una, no le hizo falta adivinar quiénes eran las otras dos. Su tía Carlota estaba casi igual, mientras que Marta y Pía habían cambiado muchísimo.
No se preocupó por preguntarle a Feli de dónde las había sacado, probablemente estuviera en la casa de sus viejos todavía. No había otro lugar donde esa foto pudiera estar.
Invocada por su ávido deseo de conocer el contexto de aquella enigmática imagen, Irene entró en la habitación con su irritación normal contra la humanidad.
— Hola, amor.— saludó escuetamente, revoleando el bolso en una silla. Nina dio un par de palmadas sobre el cubrecamas, invitándola a echarse. Ella se lanzó de espaldas, hecha una noche. Notando su inusual silencio, giró su rostro para observarla detenidamente. — Qué se te ocurrió ahora, la puta madre.—
Ella largó una carcajada, porque jamás se le escapaba una. Qué mujer del bien. Aún riéndose, se inclinó para besarla, comparando ambas visiones en su mente.
—¿Vos tenías el pelo largo de chiquita, verdad?— preguntó sin anestesia. — Me perturba cómo has obtenido esa información.
— Feli me mandó una foto que hay en mi casa.
— Me cago en Feli.— resopló, pasándose una mano por el pelo. Le siguió el juego, y le rascó suavemente la cabeza con su mano derecha. Irene cerró sus ojos por unos instantes y respiró lentamente. Dejó de fruncir el ceño y una mueca desapareció de sus rojos labios pintados. Ella contorneó con sus dedos las líneas de su frente, el surco de su nariz aguileña, hasta detenerse en su fino mentón.
Más calmada, Irene volvió a mirarla, para encontrarse con la bendita foto, zoom incluido.
— Uh, esto es del año del pedo. ¿De dónde mierda la sacó?
—De mi casa, te dije. No sabía que eras amiga de mis tías.
—Me parece que hay una diferencia abismal entre ser amiga y que desgraciadamente hayan sido mis niñeras en algún punto infeliz de mi existencia.— No tenía muchas ganas de hablar,
y no importaba cuánto la curiosidad la carcomiera, no conseguiría nada en ese momento. Aún así, intentó una vez más.
— ¿Cuántos años tenías?
— Uf, creo que seis o siete. Todavía vivía en ese pueblo horrible. Antes de irme a otro peor, por supuesto.— añadió con sorna. — ¿Ya has comido, bonita?
— No, pero sí tengo hambre. ¿Y mis tías eran mucho más grandes, verdad?— Irene era algo más chica que su mamá, quien a su vez, era la menor de las cuatro hermanas.
—Y eran boludas viejas ya, grandecitas. Hacé la cuenta, no sé, ni me acuerdo ya. — contestó rápidamente, quitándole importancia. Ahora, la intriga la estaba quemando. Sin embargo, su casi infinita paciencia hizo que pudiera esperar un poco. — ¿Querés que pidamos algo?
— Quiero pizza y cerveza. Pero acá, no quiero ir al comedor. Tengo sueño.— respondió, y apoyó su celular en la mesa de luz. De todos modos, lo último era muy cierto.
— Vos vivís con sueño. Es un asco comer en la cama, mujer. — Nina imitó el sonido de un chancho y se abalanzó para hacerle cosquillas.
— Ay doña fina, no se quiere llenar de migas.— se burló, buscando algún punto débil que no encontraría, porque sabía que ella era una piedra.
— Nos van a comer vivas las ratas, Nina.— se quejó, y se estiró hasta alcanzar su celular.
Entre risas y reproches, pidieron la maravillosa pizza y la cerveza. Aprovechando su cambio de ánimo, Irene prendió un cigarrillo y por esa vez, la dejó tranquila. Pusieron la tele, vieron un programa pedorro de viernes por la noche y por fin consiguieron relajarse después de aquella semana alborotada.
Todavía con el asunto plagando su mente, se dedicó a comer y a mimar a su novia. En un punto, ella amenazó con correrla de la habitación porque la estaba bañando en migas. No le hizo caso y siguió haciéndolo. Estaban tan cómodas y tan tranquilas, que pronto el sueño acudió a visitarlas. Nina sentía cómo perdía control sobre sus pensamientos y palabras. Se dio cuenta cómo se deslizaba lentamente en las sábanas, cayendo sobre el cuerpo delgado de Irene, a quien le hizo gracia verla en ese estado.
Se preguntó si la risa de aquella niña chinchuda sería igual, o si acaso habría sido más tierna, más alegre. ¿Habría sido más amigable, al pasearse por las calles de su barrio, saludando a los vecinos? Recordando el aura sombría de la foto, se convenció que era imposible. Esa niña parecía enojada, irritada, cansada. Y, a decir verdad, un poco asustada. ¿A dónde estaba mirando con tanto rechazo? ¿O a quién? Sin poderlo evitar, se dejó guiar a sus sueños. Quizás allí encontraría alguna pista de esa respuesta.
II.
Cuando se despertó por culpa de la suavidad de unos besos helados en su cuello, supo que había llegado su momento.
Era una de esas nefastas noches en las que ella no sólo no podía dormir, sino que su envidia la llevaba a arrastrarla a una molesta vigilia. Esperó pacientemente hasta que sus labios se perdieran un poco más allá de su clavícula, y con una dulzura angelical, le acarició una mejilla. Esos intimidantes ojos brillaron con una malicia sutil. Nina la abrazó desde el cuello y la trajo hacia arriba, hasta que su frente estuvo apoyada en la suya.
—Vas a empezar a joder, ¿verdad?— murmuró lentamente, como si se cuidara de que alguien más las oyera.
— Puede ser que sí, puede que no.— replicó, sonriendo. Su cálido aliento le provocó un cosquilleo en la boca. Su voz ronca, medio monstruosa, casi la distrajo del objetivo que tenía en mente.
La besó una, dos, tres veces, mientras lentamente la giraba hacia un costado. Sus grandes manos huesudas se pasearon por su espalda, dándole escalofríos. Estaban tan heladas que casi olvidó las palabras que con tanto esmero había preparado.
Por suerte, su curiosidad era un monstruo que se había apoderado de su cuerpo y ser, aplastando cualquier ilusión que pudiera distraerla.
— Entonces no te molesta, por lo que parece.— remarcó Irene, enredando sus largos rulos rubios entre sus dedos.
—No del todo. Siempre se puede encontrar algo entretenido para hacer. — retrucó suavemente. Su tono pareció agradarle, por lo cual contestó con falso interés:
— ¿En serio? Y contame, ¿qué tenés en mente?
— ¿Qué tal un cuento? O una anécdota, si te gusta más. — Irene suspiró hondamente y se apretó el tabique de la nariz. Ella sólo pestañeó varias veces fingiendo desconcierto.
—¿No vas a parar, verdad? No, vas a hinchar hasta que te lo diga.— se convenció, mirando el techo. Nina apoyó su mentón en su pecho. Ahora que la tenía atrapada, no tenía a dónde escaparse de la conversación. Era un pequeño triunfo, considerando lo mucho que había que escarbar para sacarle las cosas.
—Sos muy buena para contestarte sola las preguntas, amor.
— No, sólo te conozco. Preguntá de una vez.
— ¿De qué es la foto?
— ¿Cómo de qué es?
—¿A quién estás mirando?
— Uf, ¿no tenés ganas de ir a dormir mejor? Esa es una historia larga.— sugirió, arqueando sus cejas. Haciendo gala de su natural encanto, negó silenciosamente. Ni soñando la iba a
persuadir. — La mujer que sacó la foto se llama María del Rosario. O se llamaba, porque probablemente ya haya crepado.
— Pero esa no es tu casa, ¿o sí?
— Ya me hubiera gustado vivir en una casa así. — se burló, como si fuera algo obvio. Nina no entendió muy bien a qué se refería, pero asintió. — Esa es la entrada de la casa del campo de la familia materna de tus tías. No de tu abuela, sino de su madre, la primera esposa de tu abuelo. ¿Se entiende?
— Sí, sí. — Mentira, pero qué le importaba. Ya tendría tiempo de hacer las conexiones familiares después.
— En fin, te voy a tratar de sintetizar el asunto. En una época de mierda para el país y para mi vida, nos regresamos de Tucumán a Salta, para vivir cerca de los parientes de mi abuela. El problema era que mi adorada abuela Fátima todavía trabajaba en Tucumán, y tenía que resolver unos cuántos asuntos imprecisos ahí. Todo lo que era de mi mamá seguía allá, y traerlo de nuevo al pueblo donde nací era un quilombo bárbaro. La consecuencia directa de esto era que debía dejarme sola o bajo el cuidado de alguien. A veces me quedaba en la casa, y venía una vecina a verme y traerme comida, y otras, simplemente me iba a la de alguna amistad suya.
— ¿Qué pasó con sus hermanos? O los parientes de los que me estabas hablando.
— Al volver, nos enteramos de que no estábamos en los mejores términos y que no nos tenían mucho cariño precisamente. Por lo menos a mí mucha bola no me dieron. Tampoco te creas que yo era una niña amorosa. No tenía por qué andar mendigando el amor de nadie, coman aca. — Sabía que no debía reírse, pero la muy maldita tenía un don para tentarla con cosas que claramente no eran un chiste.— Voy a ir acelerando porque sino, te va a agarrar más sueño: mi abuela consiguió hacerse amiga de la hermana de tu abuelo, y cada tanto me quedaba con ella en su casa. Y por supuesto, quienes estaban allí también instaladas eran tus tías.
—Ajá, ¿pero con quién vivían ellas?
— Mayormente, con ella. Tu abuelo ya había venido a Buenos Aires para vivir con tu abuela y tu madre.
—Ah, ya entiendo. Creo, jaja.
— Y como la doña laburaba que daba calambre, las trillizas de oro se hacían cargo de mi persona. Un verano, mi abuela tuvo que irse por varios meses a resolver una diligencia. Así que tuve que quedarme más de lo usual con esa gente. El problema vino cuando alguien en tu familia se enfermó, y para evitar tantas idas y venidas, la señora decidió llevarnos a tus tres tías y a mí a la casa de su difunta cuñada, un poco alejada del pueblo, a medio camino de la finca en donde dicha persona enferma se encontraba. La señora, que en paz descanse, entre su trabajo y el cuidado no tenía mucho tiempo para nosotras, así que básicamente nos dejó para que nos arreglaramos como nos saliera. — Irene hizo una pausa, y extendió su brazo para agarrar el vaso de agua de la mesa de luz.
En este punto, todas las alarmas se habían encendido. Pensó en ella misma, a esa edad, en la casa de sus padres o de sus tías. Jamás, hasta que fue bastante grande, se había quedado sin algún tipo de supervisión adulta.
— Mira, querida, yo todavía no me explico cómo aguantaste pa' criarte con ellas, porque yo llevaba dos meses y ya estaba enloqueciendo.
—¿Pero cómo hacían con la comida? ¿Y la plata?
— De eso creo que se encargaba tu tía Marta. Y Carlota era la que cocinaba, y no sé cómo hacía si casi no había nada en esa casa. En fin, era un bodrio estar ahí. Hacía un calor bárbaro, por lo cual no podíamos andar dando vueltas a la hora de la siesta, y además no había ningún lugar para ir. Si queríamos volver, teníamos que caminar durante una hora entera por la ruta. Yo lo hacía, obvio, pero no siempre tenía ganas. Para colmo, tu tía Carlota me atosigaba todo el día para que hiciera alguna estupidez. Que si quería aprender a tejer, o a bordar, si quería jugar al chinchón, al truco y a no sé qué mierda más. Yo no quería saber nada, sólo contaba los días para irme de ahí. Y olvídate de que había teléfono o siquiera carta, mi abuela no me comunicaba nada. Ahora a la distancia, me doy cuenta de que aunque hubiera querido, probablemente no hubiera podido hacerlo.—
Nina deseó interrumpirla, pero sintió que no debía hacerlo. A pesar de no hablar mucho de su familia, Irene sí se acordaba seguido de su abuela. Desde que vivían juntas, les había prometido a ambas que algún día ambas viajarían para que se conocieran.
— Y de esa manera pasaron los días. Claro está que mi deporte favorito era pelear con tu tía Marta, que quería controlar y regentear todo. Me provocaba un profundo desagrado y el sentimiento era recíproco. Pía no hacía nada, dormía todo el santo día y no jodía a nadie.
—¿Y ella, la tía de mis tías...?
— Sí, tu tía abuela, en realidad.
— ¿Ella era María del Rosario?
—No, pero es en este punto donde entra ella. María, o la Mari, cómo le decían algunos, era una señora para los estándares de esa época y una joven al día de hoy. Aparte de estar atrapada como el resto en ese lugar, la Mari tenía la desgracia de ser mujer en un pueblo chico en los ochenta. Eso significaba que la gran parte de los vecinos no la bajaban de loca, a pesar de que todos sabíamos que Hugo, su marido, era un alcohólico y que todos veíamos a la pobre mujer saliendo a trabajar con el rostro magullado. Pero claro, la culpa era de ella ¿no?, por hacerlo calentar. A mí me dolía verla, porque al menos me saludaba y, si no lo era, fingía ser amable conmigo.
"La Mari, en un contexto bastante complejo, se las ingenió vendiendo comidas e iba en su bicicleta repartiendo los pedidos que la gente le hacía. A veces, llevaba algunas cosas a la escuela. ¿Qué te pasa?— preguntó, al sentir una lagrimita suya en su piel. No se había dado cuenta de que sus ojos se le habían nublado. Trataba de darle forma al rostro de María, marcado por una profunda tristeza. Dios librara a toda persona de sufrir tanto. Nadie debería vivir para ser una mártir de sus circunstancias.
— Nada. Me da pena María, eso es todo. — Irene resopló nuevamente, con la mirada perdida.
— No tiene sentido ponerse mal por hechos que no se pueden cambiar en el presente. Es sólo una historia, aunque si te sirve de consuelo, quizás a día de hoy no pasaría tal cual. Hay mucha más gente dispuesta a no dejarla sufrir y también, muchos más lugares donde podría pedir ayuda. La Mari de ese entonces no tenía de otra, hoy quizás habría alguien, entre personas o instituciones, que pudiera darle una mano. Las historias no son cíclicas, amor. Las cosas cambian.— Trató de consolarla, leyendo entre sus lágrimas el motivo de su aflicción.— Pero hasta que lo hacen, cosas terribles pueden suceder en el medio. Y ese es el quid de la cuestión.
"De vez en cuando, veíamos a la Mari pasar en su bicicleta, yéndose por la ruta, como si quisiera irse a Tucumán. Pero no sabíamos exactamente a dónde se dirigía, ni a quién iba a ver. Las víboras odiosas decían que ya tenía con quién irse, y que dentro de poco dejaría atrás su casa y a ese hijo de puta de Hugo. Entonces, mientras estábamos ahí, un día de tormenta vino a tocarnos la puerta. Nos sorprendió, porque nadie venía a molestarnos y menos a pedir quedarse adentro. Tu tía Carlota reaccionó rápido, le ofreció las dos toallas que había y le cebó unos mates. Le pareció muy pintoresco que estuviéramos ahí las cuatro, y nos preguntó qué hacíamos para pasar el rato. A la divina de Carlota se le ocurrió que podíamos jugar un rato a las cartas con ella. Empezamos, yo me fui en la segunda vuelta porque me embolé, y tu tía Pía terminó ganando.
"La tormenta se calmó y dio paso a una suave llovizna. La Mari creyó que era buena hora para volver a su casa, y nos saludó para irse. Sin embargo, antes de cruzar la puerta, dudó. Ella había traído empanadas para vender en una canastita de mimbre, y estaba segura de que no tendría sentido que se mojaran y enfriaran. Así que nos las regaló en agradecimiento por dejarla quedarse un rato con nosotras. —
En este punto, Irene hizo otra pausa para ver cómo estaba. Ya había dejado de llorar, y su tristeza había sido desplazada por una extraña incomodidad. No sabía porqué, pero algo en su relato no le cerraba. Su siguiente intervención le dio una mejor idea de qué era exactamente lo que le inquietaba:
— ¿No te ha dado sueño ya?
—¿Cómo me podría dar sueño semejante cuento? Seguí, tontula.— le respondió rápidamente. Mientras jugaba a pasar sus dedos por sus costillas marcadas, apoyó su cabeza en su pecho y se sorprendió. Lejos del caótico ritmo acelerado de siempre, solo pudo escuchar unos latidos suaves, casi normales. Irene estaba relatando el asunto con mucha tranquilidad. Demasiada.
— Luego, nos repartimos en partes iguales la docena que había. Me acuerdo que agarré una de carne, por el repulgue que tenía, y para provocar la indignación de las demás, la partí por la mitad. Me encantaban sus caras de disgusto al verme profanar la empanada. Cuando iba a morderla, sentí algo que no me gustó. La olfatié un poco, ganándome una linda puteada de Marta, y me di cuenta de que tenía demasiado comino. Y excesivo picante, cosa que en ese momento no me gustaba, por ser pequeña. La nariz me picó de solo sentir su aroma de cerca, y la dejé a un costado, asqueada. Tus tías le estaban por hincar el diente sin asco
hasta que la Marta, famosa ladrona de repulgues, se dio cuenta de lo mismo que yo y que además, la carne estaba molida. Creo que ya te comenté que eso, tan común en las empanadas de acá, es un pecado sin nombre allá. Te atreves a darles eso y por poco no te bajan los dientes. El caso es que por única vez en su larga vida, Marta coincidió conmigo y me dio la razón. Pía dio un bocado nomás de contrera, y lo escupió inmediatamente.
"Según ella, aparte de tener un sabor horrible, eran tan picantes como parecían. Incomibles realmente, lo cual era inaudito. Habíamos comido empanadas de la Mari, que siempre eran espectaculares. Marta y yo decidimos que lo mejor sería tirarlas, porque ni a los perros se les podía dar ese engendro. A Carlota no le gustó nada la idea y se opuso, pero Pía, todavía moqueando por el ají, nos apoyó. De cualquier forma, yo las hubiera tirado igual. A los dos días, ella se apareció de nuevo y nos hizo compañía un rato. Las otras tres ejercitaron la lengua a lo lindo, así que se entretuvieron bastante. Marta, como la harpía agudísima que es, la chamuyó con que estaban ricas las empanadas. Esta vez, nos dejó porciones de pastel de novia que le había quedado del día anterior. A mí se me hizo raro, porque si bien es algo que se come, no es para todos los días. A lo sumo, una vez lo habré probado antes de eso. A tus tías también les pareció extrañísimo que lo hiciera porque sí, a menos que hubiera algún evento o fecha importante que no hubieran registrado. Lo cual no era probable, porque ellas sí prestaban atención a las cosas que pasaban en el pueblo.—
—¿Qué es el pastel de novia? ¿Es como una torta?
—¿Nunca has comido?— preguntó, incrédula. Nina meneó por segunda vez la cabeza.— Ya te voy a hacer probar, te prometo. — dijo, con una sonrisa maliciosa. Cada vez que hacía eso, parecía una villana de dibujitos. — Después de un rato, la Mari se cansó y se fue en su bicicleta. La prudente Pía las envolvió entre varios repasadores y sugirió que las lleváramos a la casa de tu tía abuela para que no se echara a perder. Ahí tenían una heladerita linda y de paso, compraban yerba, que casi no había. Esa misma tarde decidieron que íbamos a ir y bajo ninguna circunstancia me iban a dejar sola. Obviamente me llevaron a las rastras por el camino, porque yo detestaba ir con ellas. Caminaban muy lento y a mí me sacaba de quicio, me cansaba el doble.
"Me acuerdo patente cómo se me pegaba la remera transpirada a la espalda por culpa del calor infernal que hacía. El pastel de novia, ni te cuento, no llegaba a la heladera. Tus tías parecían tres tomates andantes.
“Al llegar, lo primero que nos llamó la atención fue que todo el mundo estaba afuera. Mujeres, varones, criaturas, viejos y viejas, no había nadie durmiendo la siesta. Una pequeña multitud formaba un semicírculo alrededor de la casa de la Mari. Después, vimos cómo un grupo de señores abría la puerta de la vivienda, y la sacaba a la fuerza. Ella pataleaba, los escupía y los mordía, y entre cinco no podían contenerla. Parecía recién salida del quinto círculo del infierno, honestamente. Sus pelos estaban hechos una maraña, su ropa enchastrada, y del interior de la casa salía un hedor absolutamente putrefacto, que recién en ese momento podíamos apreciar. El gentío retrocedió varios pasos, horrorizado. La mujer fue dejada en el suelo unos segundos, y mientras recuperaba el aliento, se dio cuenta de que estábamos ahí mirándola como conejos asustados. Entonces, largó la carcajada más larga e histriónica que he escuchado en toda mi vida. Después, gritó a la multitud:
“ ‘¿Querían pastel de novia? ¡Ahí tienen! ¡Metánselo todo en el culo, hijos de mil puta! ¡Hay más en la heladera por si se quedan con hambre!’ Inmediatamente, volvieron a levantarla y la sacaron de ahí. Gritos y llantos se empezaron a oír entre los presentes, y vimos como Cacho, el del almacén, se vomitó la vida entera detrás de un árbol. Marta todavía sostenía entre sus manos temblorosas el pastel de novia. Luego de unos instantes que parecieron eternos, soltó el plato, que se hizo añicos en un instante. Estaba pálida como una muerta.
—¿Pero qué pasó?— Irene la observó con sus ojos desencajados, como si le estuviera pidiendo repetir una obscenidad sin nombre.
—¿No está claro, que no? No quiero ser tan explícita a esta hora de la madrugada.
— Dale Irene, no soy una mocosa, decí bien las cosas.— le insistió — Pensá que en la guardia ya vi varios horrores. Cae cada uno que, mamita, dan ganas de llorar. — A pesar de su tono envalentonado, tuvo que hacer un esfuerzo monumental para no conjurar imágenes dantescas en su mente. Sobre todo teniendo en cuenta que recientemente habían sido las fiestas.
— Estás hecha una leona, Ninita. Bueno, prosigo si así te complace. Me acuerdo que en un momento se acercó tu tía abuela y nos retó de lo lindo. Sin darnos más explicaciones, nos llevó casi de los pelos a la casa, y dijo que no hacía falta que nos fuéramos de nuevo para allá. Al parecer, alguien más iba a hacerse cargo de aquella persona, cuyo nombre no registré, y podíamos regresar tranquilamente a la casa de siempre.
"No obstante, no tardamos mucho en saber qué había sucedido. Los rumores y las habladurías vuelan, sobre todo teniendo en cuenta la época: no había mucho más con lo que entretenerse. — suspiró nuevamente, exhausta— Un poco después de eso, supimos por los vecinos que supuestamente a la Mari se la llevarían a Salta Capital, para ver qué harían con ella. Otros dijeron que directamente habían resuelto mandarla a un hospital psiquiátrico en Tucumán. Y la verdad, cualquiera de las dos cosas tenía algo de sustento, porque dudo que alguien se le hubiera ocurrido mantener en el pueblo a la señora que había hecho empanadas y pastel a su marido.
— Pará, pará. ¿Qué?
— Sí, corazón, la Mari hizo eso.
— ¿Pero por qué?—
—¿Cómo que por qué? ¡Y porque sí! ¡Qué sé yo lo que habrá pensado cuando lo cocinó!— Nina sintió cómo su rostro se contorsionaba a causa de su profunda estupefacción. — No, te estoy entendiendo mal.— se corrigió su novia, mirándola atentamente.— Según me fui enterando con el transcurso de los años, los hechos fueron más o menos así: la Mari estaba agotada. Y muy, demasiado enojada. Furiosa es un adjetivo que le quedaría muy chico al sentimiento que desencadenó sus acciones. Una tarde de discusión con el engendro de Hugo, en la que éste casi le quebró unas costillas, ella se hartó y le rompió una botella vacía en la cabeza. Te soy franca, esto que cuentan no está claro: no sé si pelearon en el baño o en la cocina u otra parte, pero lo que trascendió fue que el hombre malherido cayó sobre algún borde o el propio piso y se desnucó. Según algunos testigos, la Mari contó que se sentó en el charco
de sangre y decidió no pedir ayuda. Ella parecía ser consciente de que acabaría encerrada en alguna parte, así que prefirió actuar rápido.
—¿Pero por qué contra ustedes? ¿Por qué les hizo eso?
— Ya te he dicho antes, la Mari odiaba a todas las personas que vivían allí. Y con mucha razón. En mi opinión, ella sospechaba algo que mi intuición también me sugiere: nadie esperaba que sea ella la que sobreviva. Para ese punto de su situación, todos se debían haber figurado que aquello iba a terminar muy mal, pero ninguno hubiera podido predecir que sucedería al revés. Seguramente la Mari imaginaba que nosotros ya la habíamos dado por muerta, y sus suposiciones no serían infundadas. Porque cada vez que había salido a pedir ayuda, le dieron la espalda. Cada vez que alguna madrugada tocó una puerta, se la cerraron en la cara. Cada vez que lloró y suplicó a alguien que se lo sacara de encima, la miraron a los ojos y algunos le dijeron que aguante. Nos aborrecía profundamente, porque de Hugo no esperaba nada, pero sí de quienes comíamos la comida de sus manos doloridas. Pensándolo así, tiene sentido lo que una vez me dijo: a Hugo lo matamos entre todos. O todes, como me corregiría tu amiga Feli. — concluyó, sonriendo levemente.
— ¿Cuándo hablaste con ella?
— Eso es un cuento aparte en sí mismo. Mucho ya por hoy. ¡Ey!— protestó cuando sintió el tirón de su brazo.— Está bien, está bien, resumo un poco, y a dormir che, que mañana hay que hacer cosas. La vi una sola vez, hace como diez años, durante mis primeras vacaciones de julio. Mi abuela me contó que se había enterado de que la Mari estaba en un hospital de San Miguel. Por pura y morbosa curiosidad, quise ir a visitarla cuando volvía de ver a mi abuela. Estaba hecha toda señora ahí dentro. Parecía llevarse bien con el personal y se notaba que la estaban tratando mínimamente bien. No tengo idea de quién pagó las cosas o si era estatal, ni toda la historieta judicial y médica que se hizo para que estuviera ahí dentro. Pero parece que la Mari estaba confinada ahí, y de cierta manera, protegida. No me reconoció hasta que le dije quién era mi abuela. Cabe decir que no se alegró mucho al verme, quizás por los recuerdos amargos del lugar de donde ambas éramos oriundas. Primero charlamos de cualquier cosa: le conté que estaba viviendo en Buenos Aires y ella mencionó a una hija que había ido a parar a Luján.
—¿Tenía hijos?
— No mientras vivió allá. Así que sólo nos queda suponer que fue después del incidente, o inventada incluso. Todo puede ser. Lo que sé es que los infantes definitivamente no tenían su simpatía, o al menos nos lo hizo saber. — ironizó y tanteó otra vez la mesa de luz, en busca de los cigarrillos que había dejado hacía algunas horas. Nina trató de poner su mejor cara de desaprobación, pero por la expresión de Irene debía ser una morisqueta bastante cómica. Aún así, le concedió no prenderlo hasta un par de minutos más tarde.
— Fue entonces cuando me confesó lo que pasó ese día que vino a vernos. Su plan original era ir a la casa de tu tía abuela, pero la tormenta frustró sus intenciones. Fue de casualidad que pasó por la casa donde estábamos, y al ver a una de tus tías descolgar la ropa, se le ocurrió probar su idea. No fue nada personal, según sus palabras, sólo quería ver si nos íbamos a dar cuenta de algo extraño. Como supuso que Marta le había dicho la verdad, dio
por sentado que había funcionado: hubiera continuado haciendo empanadas y pastel de novia hasta hacerlo desaparecer completamente, sino fuera porque una vecina llamó a la puerta de su casa. Uno de sus perros había roto su bolsa de basura y había encontrado un par de cosas llamativas. Desgraciadamente, el hedor que ya empezaba a ser insoportable le confirmó a la señora más de lo que necesitaba preguntar. Para ese punto, creo que la Mari ya no estaba en su sano juicio, sino, no se explica cómo se ha mandado tantas cagadas juntas. Me dijo que cuando nos vio ahí afuera, tuvo ganas de vomitar y de reír al mismo tiempo. Según ella, la cara de tus tías era graciosísima, pero la mía le causó un poco de repulsión. ‘Fue como si no tuvieras alma, yegua hija de puta’, recordó cariñosamente. Después de eso, nunca más volví a verla.
— Pero esperá, entonces ¿en qué momento les sacó la foto?
— Uh, me he olvidado de eso. Creo que fue cuando nos vino a traer el pastel. Según ella, la Tita, una amiga de mi abuela, quería sacarme una foto para mandársela por su cumpleaños. Ahí me enteré que de verdad mi abuela iba a demorarse, porque ella cumplía a fines de febrero. Eso significaba que lo pasaría sola, porque de ninguna manera yo iba a viajar para acompañarla. Por eso estaba tan emputecida cuando me sacó la foto. Era la primera vez en mucho tiempo que quería llorar de la bronca que tenía: por estar ahí atrapada con tus tías, porque mi abuela no iba a volver pronto, porque la Mari casi nos había envenenado con las empanadas. ¡Qué criatura estúpida! ¡Si hubiera sabido lo que estaba por pasar! — Por un segundo se perdió en el dramático movimiento de sus manos.
Cada gesto, cada entonación eran acompañadas rítmicamente por ambas. Era fascinante cómo se sumergía en sus propias palabras, olvidándose del dolor y el horror que se desprendían de ellas. Hablaba con una grandilocuencia casi borgeana, matizada con una insensibilidad áspera. Irene había nacido para narrar, no para oír. Aun así, a veces deseaba que pudiera escucharse a sí misma. O al menos, a esa pequeña parte de ella, a esa niña de la foto que se guardaba las lágrimas de frustración. Nina supo de que estaba a punto de llorar otra vez.
Cuando volvió a mirarla, vio cómo acercaba la llama anaranjada a sus finos labios. Al notar su meditativo silencio, la regañó delicadamente:
— Te dije que no era un cuento agradable. Ahora no te vas a poder dormir.
— Sabés que no es cierto. Sí que me voy a dormir.— de alguna manera, estaba siendo sincera. Otro de sus dones era ese, su capacidad extraordinaria de caer seca sin importar el contexto.
— Pero de mala gana y vas a tener pesadillas. Y cuando te vuelvas a despertar, vas a estar angustiada porque fue desagradable.
— No sé, todavía no me dormí. A menos que seas bruja y tengás la capacidad de predecir el futuro. Feli dice eso, pero todavía no le creo.
— Alguna vez escuchala, cada tanto se le prende la lamparita. — Esto último logró que se rieran un poco. Nina sintió cosquillas al sentir cómo el pecho de Irene subía y bajaba por su respiración agitada. Un poco menos tensa, la abrazó con fuerza y la besó en la mejilla.
Quería decirle algo, pero las frases morían en su lengua. Le faltaba cinismo o quizás valentía para intentar armar un muro de contención contra la avalancha de emociones desatadas por ese relato. En su mente, sólo aparecían un par de ojos perdidos, enrojecidos, hastiados. Aunque hubiera querido no hubiera podido precisar a quién pertenecían.
— Bueno, bueno, ahora sí te he dado con el gusto. A dormir que mañana seguro hay que ir a ver a alguien.— insistió, probablemente leyéndole los pensamientos sombríos que la acechaban. Agarró las sábanas y el cubrecamas y las envolvió a las dos, llamando al dulce Morfeo.
—¿A quién?— preguntó, bostezando. A una cierta distancia, vio cómo la silueta de uno de los gatos se acomodaba sobre el bolso. Si hubiera estado sola, se hubiera asustado.
—¿Y no nos toca ir con tu familia? Ya la veo a la Marta llamando a las nueve y media para que llevemos mondongo en lata, boluda. — renegó, apagando lo que quedaba del cigarrillo en el vaso vacío.
— Uh, cierto.— contestó, ya sintiendo la amarga somnolencia. Amarga, porque sabía que a ella le costaría un montón volver a dormirse. De soñar, ni pensar. Nina se preguntó si alguna vez Irene soñaba. ¿Serían al menos sueños amables? ¿O terribles pesadillas de un tiempo que era preferible olvidar?
La bruja infeliz sonrió, igual que unas horas atrás, y murmuró algo ininteligible. Nina se durmió con la imagen de sus dientes perfectos congelados en su sonrisa malvada, y sus fríos dedos rozando su frente.
III.
Recién al otro día, cuando se levantó a causa de la televisión encendida por Irene, vio que tenía un mensaje de Feli sin contestar.
—¿Y, averiguaste algo?— se oyó en el audio enviado a las tres de la mañana.
— ¿Tenés memoria y tiempo? Es una historia larga...— contestó con otro, sintiendo cómo por su garganta subía un sabor a carne y masa bastante peculiar.
Inconfundiblemente, era de empanada.
