Solo, en calma; por Paula Martina Campos.

 Prendés un cigarrillo para no estar solo, para hacer algo y no nada. Mirás como si analizaras todo a tu alrededor, como si los carteles de Manzur o Cano merecieran más atención que tu alma y que esas manos infestadas por la (pr)esencia del tabaco que no se encuentran solas, pero tampoco sostenidas.
   Mirás a la parejita de adolescentes pasar, seguro te burlas en tu mente, sin embargo no pensás en lo afortunados que son: ellos no tienen que gastar $150 en la caja de cigarrillos para fingir estar acompañados. Porque eso es más fácil, ¿no? Sólo tenés que entrar al kiosco y aparentar elegir entre tantos sabores, pero evitas el de limón para no recordar —o extrañar— esa noche; optas por los de sandía, que también te la recuerdan, y te arrepentís porque sólo queda el paquete de 20 y a vos te gusta ahogarte disimuladamente. Vas por el fusión de uva, aunque también te la trae a tu memoria, porque fue el sabor de su boca el que logró que te gustara. De todas formas, de ese tampoco queda así que terminas en el de menta, como de costumbre.
   ¿No te cansás de cargar esas cajas todo el tiempo?, ¿te sentirás desbalanceado sin ellas? Es menos penoso acercarte y hablar, concretar amistades o reconciliar las viejas, buscar amores o prender velas… No: vos te hundís en esos blancos 12 centímetros y mirás a todos desde arriba como solíamos hacerlo juntos, pero de esa manera era aceptable; al menos antes de que debas reemplazar el calor de mi mano y su apego hacia la tuya. Aunque peor soy yo, que paso mis días viéndote dejarlos ir.
  Yo también estoy sola, pero mi mano no está vacía.


Paula Martina Campos.

fotografìa por Patricio Manzur Otaiza.






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