Ocho de diciembre; por Delfina Pellicer.
—Sé que es difícil creerme, o mejor dicho, creernos y sé que no lo van a hacer aunque lo cuente quinientas veces. Pero yo sé lo que pasó ese ocho de diciembre. Y no miento cuando digo que no lo soñé ni aluciné e incluso si hubiera fantaseado, habría sido incapaz de construir semejante pesadilla.
≫Ese día, un espantoso jueves en el que la humedad parecía querer castigarnos con su desagradable presencia, salí de la facultad un poco más tarde. Diciembre es por definición el mes del quilombo: no hay paz para nadie, a ninguna hora y en ningún lugar. Todos parecen ahogarse en un vaso de agua, fatigados por el estrés y las frustraciones convertidas en cruces. Bajé las escaleras del subte maldiciéndome por no ser paciente y no tomar el colectivo. Por suerte no había tanta gente, porque eran las ocho y media de la noche.
≫Me desparramé sobre el último asiento del vagón sin pronunciar palabra, con el único anhelo de llegar rápido a mi casa, prepararme una sopa y dormir hasta que me doliera el cuerpo de tanto estar en la cama. Todos estaban iguales: nadie despegaba los tristes labios secos ni deseaba mirar al otro a los ojos. Los únicos dos seres que nos recordaban el ruido y el movimiento eran un bebé insoportable que al llorar presumía su capacidad pulmonar (y cuyo lamento fue aplacado por el pecho de su madre), y un viejo vagabundo senil que cantaba incesantemente el mismo tango. En fin: un ambiente patético y demasiado cotidiano como para notar el menor indicio de anormalidad. Estuve cabeceando durante las primeras siete estaciones, hasta que me golpeé la cabeza por un cambio brusco de dirección. La criatura reanudó sus alaridos histéricos y los pocos que permanecían de pie se sacudieron suavemente, manejados por hilos invisibles.
≫Fue entonces cuando la voz del parlante, levemente irritante y dulce, nos avisó que llegábamos a la estación Plaza C… ¿o era Congreso? Bueno, no importa. Me alivié un poco, ya que me bajaba en la próxima. ¡Por fin tendría paz interior! Pero no, evidentemente Dios, la casualidad o mi suerte nefasta decidió que no sólo para mí, sino también para los demás, la tranquilidad sería un deseo irrealizable. Durante los primeros segundos nadie se alteró porque no es extraño que las puertas no se abran al instante. Sin embargo, los segundos se convirtieron en minutos y la impaciencia empezó a aflorar. Un chico, enojado, golpeó el vidrio y una señora comenzó a reclamar agresivamente. Me incliné hacia adelante y me esforcé para ver hacia afuera. Del otro lado no había ni un alma en pena, sólo una luz tenue que iluminaba los pasillos sucios y vacíos de la estación, lo cual me resultó desconcertante siendo un día de semana a una hora razonable.
≫Ese día, un espantoso jueves en el que la humedad parecía querer castigarnos con su desagradable presencia, salí de la facultad un poco más tarde. Diciembre es por definición el mes del quilombo: no hay paz para nadie, a ninguna hora y en ningún lugar. Todos parecen ahogarse en un vaso de agua, fatigados por el estrés y las frustraciones convertidas en cruces. Bajé las escaleras del subte maldiciéndome por no ser paciente y no tomar el colectivo. Por suerte no había tanta gente, porque eran las ocho y media de la noche.
≫Me desparramé sobre el último asiento del vagón sin pronunciar palabra, con el único anhelo de llegar rápido a mi casa, prepararme una sopa y dormir hasta que me doliera el cuerpo de tanto estar en la cama. Todos estaban iguales: nadie despegaba los tristes labios secos ni deseaba mirar al otro a los ojos. Los únicos dos seres que nos recordaban el ruido y el movimiento eran un bebé insoportable que al llorar presumía su capacidad pulmonar (y cuyo lamento fue aplacado por el pecho de su madre), y un viejo vagabundo senil que cantaba incesantemente el mismo tango. En fin: un ambiente patético y demasiado cotidiano como para notar el menor indicio de anormalidad. Estuve cabeceando durante las primeras siete estaciones, hasta que me golpeé la cabeza por un cambio brusco de dirección. La criatura reanudó sus alaridos histéricos y los pocos que permanecían de pie se sacudieron suavemente, manejados por hilos invisibles.
≫Fue entonces cuando la voz del parlante, levemente irritante y dulce, nos avisó que llegábamos a la estación Plaza C… ¿o era Congreso? Bueno, no importa. Me alivié un poco, ya que me bajaba en la próxima. ¡Por fin tendría paz interior! Pero no, evidentemente Dios, la casualidad o mi suerte nefasta decidió que no sólo para mí, sino también para los demás, la tranquilidad sería un deseo irrealizable. Durante los primeros segundos nadie se alteró porque no es extraño que las puertas no se abran al instante. Sin embargo, los segundos se convirtieron en minutos y la impaciencia empezó a aflorar. Un chico, enojado, golpeó el vidrio y una señora comenzó a reclamar agresivamente. Me incliné hacia adelante y me esforcé para ver hacia afuera. Del otro lado no había ni un alma en pena, sólo una luz tenue que iluminaba los pasillos sucios y vacíos de la estación, lo cual me resultó desconcertante siendo un día de semana a una hora razonable.
≫Pasados otros largos minutos y una serie de patadas, empujones y piñas contra las puertas, la máquina se puso en marcha de nuevo, dejando atrás a la estación. Yo esperaba que aquel desperfecto técnico no me afectara.
≫“Disculpa, ¿cuál es la próxima?”, me preguntó la creadora del energúmeno, a lo que respondí escueta y estúpidamente debido a mi cansancio “no sé, parece que algo anda mal”. La doña asintió con la cabeza, murmurando “y bueno, supongo que vamos a llegar”.
≫“Disculpa, ¿cuál es la próxima?”, me preguntó la creadora del energúmeno, a lo que respondí escueta y estúpidamente debido a mi cansancio “no sé, parece que algo anda mal”. La doña asintió con la cabeza, murmurando “y bueno, supongo que vamos a llegar”.
≫“Próxima estación: Plaza C…”, se escuchó por segunda vez y supusimos que era un error y que probablemente seguiría desfasado el resto del recorrido. Me puse de pie, pedí permiso y me acerqué para bajar.
≫No les explico el desconcierto que se apoderó de nosotros cuando vimos de nuevo la lánguida luz y los pasillos vacíos que habíamos dejado atrás. “No puede ser” dijeron un par absolutamente descolocados. Me cercioré de que estuviésemos en la misma, leyendo y releyendo con incredulidad el cartel con su nombre.
≫“¿Pero qué mierda pasa?”, chilló un viejo, asustado y molesto. Los demás secundamos su reclamo y de pronto el vagón se inundó de voces agudas que dieron lugar a una larga serie de puteadas contra el conductor y generaciones de su familia. Honestamente, nadie creía que alguien era culpable en ese momento. En realidad, no comprendíamos lo que pasaba y reaccionamos más por instinto que por otra cosa. Aun así, las puertas no se abrieron otra vez. Tratamos de separarlas, con una desesperación que crecía al ver la ofuscación ajena.
≫Poco esperamos esta vez porque sin previo aviso el tren arrancó violentamente, y, en consecuencia, más de uno resbaló y cayó al piso. Traté de ayudar a una chica a pararse mientras me aferraba a un pasamanos con toda la fuerza que tenía. Una vieja me clavó sus garras oscuras en mi brazo, luchando para no salir disparada en cualquier dirección. Otro señor me ayudó a ayudarla, mientras también se sostenía de mi hombro. Aunque ni bien consiguió ponerse de pie, la velocidad del tren se triplicó, y sentimos que estábamos a punto de estrellarnos. Varios gritaron, ya sea maldiciendo o pidiendo auxilio a Dios sabe quién. De nuevo, la máquina se detuvo abruptamente.
≫“Usted está en estación Plaza C…”, repitió la voz en un tono casi irónico, como si disfrutara observando nuestro nulo control sobre nuestros cuerpos y escuchando las objeciones de nuestras mentes aterradas.
≫Esta vez ni nos dio tiempo a mirar pavorosamente hacia afuera, ahí nomás arrancó, como si una fuerza imparable lo empujara. Apenas logré acuclillarme y traté en vano de pararme otra vez. Quienes habían pensado lo mismo se aferraban como podían a pasamanos o asientos, batallando contra aquello que prometía estamparlos contra el suelo.
≫“¡Dios mío! ¡La puta madre!”, aulló la señora, quien en una maniobra extrañísima se enroscaba cual serpiente alrededor de una barra mientras sostenía a su criaturita. Con el miedo envenenando mis venas, me arrastré hasta ella y la abracé, pero pretendiendo que ella me protegiese.
≫“Usted está en estación Plaza C…” repetía a intervalos cada vez más cortos la nefasta voz, burlándose cruelmente, regocijándose en nuestro patetismo. A esa altura habíamos perdido noción del tiempo: el pánico había logrado que aquel trayecto simple durase una eternidad. De pronto, tuve la sensación de que estábamos dando vueltas en un círculo casi perfecto, consiguiendo que nuestra pesadilla no tuviera resolución imaginable, pues no era posible predecir que nos llevaría a alguna parte.
≫“Usted está en estación Plaza C… usted está… usted está… está…tá”.
≫Fue en ese momento en el que en un arrebato de irracionalidad alguien comenzó a desgarrarse la garganta en un único grito atroz, desesperado y abandonado al indolente capricho del destino. Luego se sumó otro y subsecuentemente respondimos a aquel llamado gutural, con todas nuestras fuerzas frustradas y casi vencidas. Sentíamos el terrible ardor por dentro, una zarza que extendía aquel vibrante incendio por las venas de nuestros rostros, los músculos de nuestros cuellos y las lágrimas de nuestros ojos cerrados. Sentí que alguien me agarraba el tobillo derecho y que otros brazos encerraban a mi pierna izquierda. Me negué a soltarla y ella se apretó aún más contra mí y contra su bebé.
≫Aún con mi vista nublada noté cómo formábamos una sola masa de cuerpos temblorosos unidos por ciertos apéndices deformes y asimétricos, sobrecogida por un dolor indescriptible y un terror extraterrenal.
≫Nuestras cabezas comenzaron a latir y nuestros oídos a zumbar y juro que estuve a punto de sentir ese vacío, esa nada absoluta a la que el tiempo, la imprudencia o el azar te llevan algún día. Y lo peor de todo, sabía que los demás así también lo sentían.
≫Y entonces, el subte paró.
≫Nuevamente, abrimos los ojos para contemplar en silencio sepulcral las luces cegadoras del vagón. Nadie se movió
≫“Usted está en estación San P…”, dijo la voz, con la monotonía y parsimonia habitual.
≫Las puertas se abrieron tranquilamente, dando una cálida bienvenida a los próximos pasajeros.
≫Ni bien quisieron poner un pie adentro, se llevaron la sorpresita: no nos podíamos ni parar y mucho menos hablar en esos instantes. Estábamos tan ocupados en respirar, que apenas notamos su presencia.
≫¡Tengo grabadas sus estúpidas expresiones y sus ojos desencajados! Nos miraban con horror, como si hubiésemos carneado a alguien. ¡Mierda, que me acuerdo y me da rabia!
≫Al otro día, salimos a contar toda la verdad, desde principio a fin. Contamos exactamente los mismos hechos, en el mismo orden y con los mismos detalles. ¿Todos enloquecimos de golpe? No, no lo creo. ¡No ganamos nada verseando, al contrario! Insistiremos en que las cosas fueron así. ¿Saben qué dijeron los de la empresa? Que el subte salteó esa estación, de donde casi no volvemos. ¡No puede ser, no fue así.
≫Nosotros sabemos lo que pasó ahí adentro. ¡Había estar ahí, sentir ese calor, esa atmósfera asfixiante y esa sensación horrible de movimiento vertiginoso! ¡Juro por Dios, mi vieja, lo que quieran! —hizo una pausa y miró a sus amigos al otro lado de la mesa. Mudos, analizaban con cuidado qué palabras decirle para no ofenderle. Por eso, intervino antes de que pudieran darle una respuesta complaciente:— Piensen lo que se les cante. Tengan pena si quieren. Pero yo sé lo que pasó ese ocho de diciembre.
≫No les explico el desconcierto que se apoderó de nosotros cuando vimos de nuevo la lánguida luz y los pasillos vacíos que habíamos dejado atrás. “No puede ser” dijeron un par absolutamente descolocados. Me cercioré de que estuviésemos en la misma, leyendo y releyendo con incredulidad el cartel con su nombre.
≫“¿Pero qué mierda pasa?”, chilló un viejo, asustado y molesto. Los demás secundamos su reclamo y de pronto el vagón se inundó de voces agudas que dieron lugar a una larga serie de puteadas contra el conductor y generaciones de su familia. Honestamente, nadie creía que alguien era culpable en ese momento. En realidad, no comprendíamos lo que pasaba y reaccionamos más por instinto que por otra cosa. Aun así, las puertas no se abrieron otra vez. Tratamos de separarlas, con una desesperación que crecía al ver la ofuscación ajena.
≫Poco esperamos esta vez porque sin previo aviso el tren arrancó violentamente, y, en consecuencia, más de uno resbaló y cayó al piso. Traté de ayudar a una chica a pararse mientras me aferraba a un pasamanos con toda la fuerza que tenía. Una vieja me clavó sus garras oscuras en mi brazo, luchando para no salir disparada en cualquier dirección. Otro señor me ayudó a ayudarla, mientras también se sostenía de mi hombro. Aunque ni bien consiguió ponerse de pie, la velocidad del tren se triplicó, y sentimos que estábamos a punto de estrellarnos. Varios gritaron, ya sea maldiciendo o pidiendo auxilio a Dios sabe quién. De nuevo, la máquina se detuvo abruptamente.
≫“Usted está en estación Plaza C…”, repitió la voz en un tono casi irónico, como si disfrutara observando nuestro nulo control sobre nuestros cuerpos y escuchando las objeciones de nuestras mentes aterradas.
≫Esta vez ni nos dio tiempo a mirar pavorosamente hacia afuera, ahí nomás arrancó, como si una fuerza imparable lo empujara. Apenas logré acuclillarme y traté en vano de pararme otra vez. Quienes habían pensado lo mismo se aferraban como podían a pasamanos o asientos, batallando contra aquello que prometía estamparlos contra el suelo.
≫“¡Dios mío! ¡La puta madre!”, aulló la señora, quien en una maniobra extrañísima se enroscaba cual serpiente alrededor de una barra mientras sostenía a su criaturita. Con el miedo envenenando mis venas, me arrastré hasta ella y la abracé, pero pretendiendo que ella me protegiese.
≫“Usted está en estación Plaza C…” repetía a intervalos cada vez más cortos la nefasta voz, burlándose cruelmente, regocijándose en nuestro patetismo. A esa altura habíamos perdido noción del tiempo: el pánico había logrado que aquel trayecto simple durase una eternidad. De pronto, tuve la sensación de que estábamos dando vueltas en un círculo casi perfecto, consiguiendo que nuestra pesadilla no tuviera resolución imaginable, pues no era posible predecir que nos llevaría a alguna parte.
≫“Usted está en estación Plaza C… usted está… usted está… está…tá”.
≫Fue en ese momento en el que en un arrebato de irracionalidad alguien comenzó a desgarrarse la garganta en un único grito atroz, desesperado y abandonado al indolente capricho del destino. Luego se sumó otro y subsecuentemente respondimos a aquel llamado gutural, con todas nuestras fuerzas frustradas y casi vencidas. Sentíamos el terrible ardor por dentro, una zarza que extendía aquel vibrante incendio por las venas de nuestros rostros, los músculos de nuestros cuellos y las lágrimas de nuestros ojos cerrados. Sentí que alguien me agarraba el tobillo derecho y que otros brazos encerraban a mi pierna izquierda. Me negué a soltarla y ella se apretó aún más contra mí y contra su bebé.
≫Aún con mi vista nublada noté cómo formábamos una sola masa de cuerpos temblorosos unidos por ciertos apéndices deformes y asimétricos, sobrecogida por un dolor indescriptible y un terror extraterrenal.
≫Nuestras cabezas comenzaron a latir y nuestros oídos a zumbar y juro que estuve a punto de sentir ese vacío, esa nada absoluta a la que el tiempo, la imprudencia o el azar te llevan algún día. Y lo peor de todo, sabía que los demás así también lo sentían.
≫Y entonces, el subte paró.
≫Nuevamente, abrimos los ojos para contemplar en silencio sepulcral las luces cegadoras del vagón. Nadie se movió
≫“Usted está en estación San P…”, dijo la voz, con la monotonía y parsimonia habitual.
≫Las puertas se abrieron tranquilamente, dando una cálida bienvenida a los próximos pasajeros.
≫Ni bien quisieron poner un pie adentro, se llevaron la sorpresita: no nos podíamos ni parar y mucho menos hablar en esos instantes. Estábamos tan ocupados en respirar, que apenas notamos su presencia.
≫¡Tengo grabadas sus estúpidas expresiones y sus ojos desencajados! Nos miraban con horror, como si hubiésemos carneado a alguien. ¡Mierda, que me acuerdo y me da rabia!
≫Al otro día, salimos a contar toda la verdad, desde principio a fin. Contamos exactamente los mismos hechos, en el mismo orden y con los mismos detalles. ¿Todos enloquecimos de golpe? No, no lo creo. ¡No ganamos nada verseando, al contrario! Insistiremos en que las cosas fueron así. ¿Saben qué dijeron los de la empresa? Que el subte salteó esa estación, de donde casi no volvemos. ¡No puede ser, no fue así.
≫Nosotros sabemos lo que pasó ahí adentro. ¡Había estar ahí, sentir ese calor, esa atmósfera asfixiante y esa sensación horrible de movimiento vertiginoso! ¡Juro por Dios, mi vieja, lo que quieran! —hizo una pausa y miró a sus amigos al otro lado de la mesa. Mudos, analizaban con cuidado qué palabras decirle para no ofenderle. Por eso, intervino antes de que pudieran darle una respuesta complaciente:— Piensen lo que se les cante. Tengan pena si quieren. Pero yo sé lo que pasó ese ocho de diciembre.
—Delfina Pellicer.
