Creo que Elán me odia; por Sofía Dibi.
Creo que Elán me odia. No sé por qué, pero me odia. Comencé a sospecharlo cuando me metió aquel pelotazo en el partido de primer año. Pudo haber sido un accidente, no pensarlo sería incoherente, pero estoy sumamente seguro de que me estaba apuntando a mí. Lo digo en serio, si cada vez que me le acerco me mira con desprecio ya sea en matemáticas o a la hora de comer. El punto es que me odia, lo pienso desde el incidente con las hamburguesas en segundo año y lo confirmé cuando me encerró en el baño a finales de cuarto. La razón es un misterio pues yo nada le he hecho, pero él me empuja en el pasillo si se le da la oportunidad. Quisiera hablarlo con alguien pero no tengo a nadie así que me dedico a responderle las jugarretas a Elán. El problema es que siempre pierdo porque no importa con qué le vengo, él siempre encuentra la forma de rematarlas mejor que yo. Como cuando escribí en una fotocopia un "patéame" tan grande que ni sus amigos se contendrían de aprovechar la oportunidad; amigos porque él sí tiene, pero no importa, ni lo llegué a concretar. La historia es bastante corta, es fácil resumir aquel papelón: fui a buscarlo sin notar que Elán se había adelantado al pegarme el mismo cartel pero en el pantalón. Muchas veces pensé que estaba exagerando, pero pasaron varios años y no me deja de molestar. Entonces sí, creo que Elán me odia, pero la razón es inescrutable y me comienzo a desesperar. No obstante soy terco, y en este caso intransigente, así que decido fervientemente que lo voy a descifrar. Tal vez es que me odia desde el primer día de clases, cuando dijo:
—¡Vete a chingar a tu madre!
Y yo no le entendí, para variar. El problema es que no tengo madre por lo que no hay forma de que la pueda chingar; ella se fue cuando yo tenía cinco y ni siquiera sé qué significa "chingar".
—Si alguna vez la veo... lo único que me gustaría hacer es decirle que la quiero.
Fui honesto pero creo que Elán se molestó, me empujó por las escaleras y caí hasta el último escalón. No se asusten, resulta que no es cierto, es decir, claro que se enojó, pero es del último escalón desde donde en realidad me empujó. La distancia era muy corta así que no me pasó nada, pero esa no es la historia que él usualmente narra. Prefiero no cambiarla por las dudas, no vaya a ser que se entere y yo sufra alguna injuria. Sigo sin respuesta y no me queda de otra que comenzar a recordar, decido esto en el recreo porque el día está por terminar, los recuerdos pueden ser efímeros pero no si se tratan de Elán. Encontré uno, aunque es algo difícil de analizar. El odio pudo haber comenzado cuando me dijo en tono ironizado:
—¿Es que acaso te pega tu papá?
Parece que él buscaba que me ofendiera, tal vez no esperó que no le entendiera, pero hay un problema, y es que papá si me pega. Lo hace cuando toma de más mientras insiste que es mi culpa que se marchara mamá. Le dije aquello a Elán, nunca fui muy grandilocuente así que otra vez solté la verdad. Estábamos en cuarto año, esa es la ocasión que me encerró en el baño.
Sigo creyendo que Elán me odia, y pienso que no me jodería tanto si al menos tuviera una razón, no puedes odiar a alguien sin explicación. Pero él lo hace, y casi parece que así lo decidió desde la primera vez que me vio, porque yo no lo olvidé, el momento en que nuestros ojos se cruzaron por primera vez; un par de abismos color café, tan profundos que en ellos creí que me iba a perder, pero lo cierto es que nunca me dejaron entrar, desde el primer instante me odiaron sin dudar. Aquello no me conforma y decido irlo a confrontar... o tal vez me lo guarde y entierre el secreto en el mar. Me preparo para volver a casa y aceptar mi endeble existencia, pero antes de salir un pie se me cruza y yo soy el torpe que tropieza. Veo como Elán se ríe y yo me frustro de impotencia, porque no quiero que me odie sin razón, preferiría que no me odiara en absoluto y la bronca me acelera el corazón. Me levanto y lo encaro por primera vez desde primer año, pero nadie del curso es más fuerte que él y de un empujón me estampa contra la pared. No obstante estoy decidido, tengo un objetivo claro y él se encuentra a 10 centímetros. Lo jalo de la camisa y llevo mis labios hacia los suyos, el beso sabe a rencores y yogurt de fresa del desayuno.
—¡¿Qué haces?!
Da un grito estridente, y al ver la furia en sus abismos sé que quiere golpearme de repente. Pienso en mis motivos y espero que pueda perdonarme.
—Te estoy dando una razón para odiarme.
Elán me odia, es lo que pensé, pero olvidé que con él siempre me va a tocar perder. Incluso ahora que en vez de golpearme me besó, me besó el chico que me odia y de repente encontré la razón. Sentí sus labios cálidos, los lagrimones que se le escaparon y los latidos de aquel bravucón que no paraba de temblar... Ahora entiendo lo que debe haber pensado Elán, odiar asusta menos que amar.
—Sofía Dibi.
fotografía de Patricio Manzur Otaiza.

