BORRADOR; por Lourdes Pacheco.
Asunto: Perdón
Tenía que suceder, poder decirte que no quería verte caer de esa forma, no fue mi intención que te golpearas y que tu sangre se desparrame por todo el suelo. En ese entonces venía formando un plan, observaba a cada rato cuando me regalabas tu sonrisa y me llevabas al parque en los días de sol. Anotaba todo, sabía cuál era tu juego favorito, pero que este te generaba mucho vértigo, ibas despacito. Era muy gracioso verte temblar. Había una razón de esto, tu estupidez, lo fuiste y por eso ahora estás muerta. Creíste que no haría lo necesario por apoderarme de él. Siempre hablabas de tu familia llena de empresarios para mostrarme que acá estoy sin un peso. Sigo sin tenerlo y eso duele. Y lo llevabas orgullosa, encima mi favorito, me enseñabas como lo fabricaban, sus diferentes tamaños, sabores y cuantos más detalles añadías más lo deseaba. Repito: fuiste vos, no yo. Llegaba a mi casa y analizaba la información de aquellas tardes juntas, sabía que iba a conseguirlo, solo tenía que esperar al momento adecuado. Para cuando terminaba de hojear, comenzaba a golpear las paredes imaginándote mientras te quitaba la cara de tonta, me hacías doler las manos, ese es otro cargo a tu culpabilidad. Ya acostada en mi cama pensaba en las veces que mi mamá me abrazaba y decía al oído que era demasiado buena para este mundo y sí, lo compruebo, pero vos eras mi excepción. ¿Mi situación? Difícil, que incluso lo dulce pocas veces entraba por mi boca, ya casi olvidó la sensación, apenas obtenía galletitas de agua, pero no me quejo de mis padres, lo daban todo por mí, por eso tenía rechazo a quienes derrochaban todo de sí. Llegó un punto en el que ya eras infumable, y ahora no te soporto ni descompuesta. YA SE QUE VOS Sí Y YO NO, QUE NACÍ EN EL MUNDO EQUIVOCADO Y QUE A VOS TE PUSIERON EN DÓNDE YO DEBERÍA ESTAR.
Lo único que hacías era vivir sin que te importara el mundo de los demás y ahí seguías mostrándote serena. Me decías que te importaba, me siento ilusa por haberte creído. Eras insoportable, Amelia. No sé cuántas veces lo voy reflejando, por eso me desperté tan contenta el día en el que todo iba a acontecer. Me preparé como nunca, te lo juro amiga. Ese día me coloque los zapatos más caros que había conseguido en la feria, tenía que mostrarte que podía superarte. Recuerdo cuando el timbre sonó – DING DONG – ahora fui yo la que temblaba. Al abrir la puerta ahí estabas, impecable como siempre, te me tiraste encima para abrazarme y decirme “cuanto te extrañé, Ana” quise llorar por tus palabras. Fuimos al centenario, estaba muy solitario, el ambiente era diferente. Mientras íbamos a la zona de juegos charlamos de nuestro día, vos estabas feliz, me mirabas y tomabas de la mano y yo solo quería confesarte mis sentimientos. Apenas se deslumbró el columpio en tu vista me dejaste atrás y sin que me diera cuenta ya estabas ahí sentada esperando a que te empuje. Pero sabes, faltaba algo, tenía miedo a que no la hayas llevado, que mi plan fracase. Por suerte me retracte cuando te vi meter la mano en el bolsillo de la mochila que tenías agarrada en la espalda. Todo estaba perfecto. Comencé de a poco, reías sin parar pasándole la lengua a la paleta, cada rato iba más fuerte sin que te dieras cuenta, me quedo latente cuando gritabas que me detenga, que ya no era divertido. Ya las lágrimas te caían, no puedo mentirte me gustaba verte rogar, pero en ese momento mi corazón se detuvo. Una parte había salido como debía, logré hacerte caer del columpio, pero no soltaste mi paleta, también calculé mal la distancia, saliste despedida muy lejos golpeándote contra el cemento. Fui corriendo a ver como estaba, quise gritar. No sólo mi plan fue defectuoso y terminó con tu muerte, sino que la finalidad era la siguiente: que tu caída te hiciera soltar la paleta y así llevármela lejos para saborearla. Pero ella quedó SUCIA nuevamente POR TU CULPA, llena de tierra y bañada en sangre como si fuera un glaseado. Yo no podía comer eso y no lo haría jamás. Tuve que dejar todo e irme antes de que alguien me viera, vos habías quedado ahí toda desparramada estorbando en la plaza. Ahora sabes la historia. Bueno, en realidad no, pero al menos me purgue y nada… pude pedirte perdón (mi mamá quería que lo haga): no quería ese final, como ya aclaré. Pero sobre todo, perdón a mí misma, no debí haberme enojado tanto conmigo porque todo haya sucedido diferente, a veces de los errores se sacan cosas buenas, una de ellas: No tendré que escucharte nunca más.
-Con amor, Ana.
—Lourdes Pacheco.
